lunes, 7 de octubre de 2019

Remenbranzas de mi niñez: Estio




Tardes anchas y doradas de principios de verano en mi niñez que traían aromas de fruta madura posada en los árboles y rosas en mi querido barrio de La Lechuza. Se exhibían aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de Junio que llenaban el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Esas noches de verano donde los mosquitos y demás insectos danzaban bajo la tenue luz de las primeras farolas instaladas en el barrio. La fruta más madura de los árboles ya despojadas de lustre iban rindiéndose a la condena de esa muerte necesaria, la que precisamos para sucumbir nuestras mejores galas de estómago hambriento. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y verano a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confíaba en la bondad de los hombres que quizá en esos días de ensueño ablandaban los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Junio siempre ha sido el mes de los brillos en mi niñez.



Principio de las vacaciones en la escuela, esas mañanas de amargullarnos en los estanques a modo de piscina, esa fea afición de cazar ranas indefensas. Ese trepar a los perales o durazneros a comer fruta frescas con ausencia de fertilizantes. Aquellas caminatas en grupo a través de aquellos escabrosos y pendientes caminos que nos hacia avanzar hacia las tierras altas, extensas e iluminadas, por el sol que conducían hasta el barrio de Camaretas, armados con tirachinas y largas cañas con la malsana intención de cazar cuervos . Ahora si me preguntan si fui feliz en mi infancia, contestaré con un rotundo si,fui tremendamente feliz

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un vaquerito enamorado

Una vez, hace mucho tiempo, me disfracé de vaquero… Sombrero de ala ancha, ligeramente echado hacia atrás, camisa de cuadros pulcramente abotonada. Y anudado al cuello un pañuelo no muy grande, como el que llevaba los actores en la serie El Gran Chaparral. Nada que ver con el pañuelo más descuidado, que llevan los forajidos, sanguinarios y bravucones. Pistoleros de “gatillo fácil”, que mascan tabaco, y no se inmutan si tienen que “liquidar” a alguien. Impasibles ante la muerte, sin remordimientos. Los actores de El Gran Chaparral, de algún modo, encarnaban la honradez, la bondad… Y cuando en alguna ocasión de la serie televisiva en blanco y negro, se interpretaba el papel de un héroe… Era un héroe justo, valiente y noble.
Mi aspecto, a pesar de mi disfraz de pistolero, y de los dos revólveres de plástico, que llevaba en la cintura, era totalmente inofensivo… Transparente, sin zonas oscuras.. Quizá esa transparencia, tiene mucho que ver con la edad que tenia yo en esa época. Seis o siete años.
En esa etapa infantil, recuerdo nuestra familia vivía en el barrio de La Lechuza,mi padre me hacia el encargo de ir a recoger una burra prestada llamada “Carolina”, a lo que yo era el encargado de llevarla a eso de las cinco de la tarde, casi siempre,a su trabajo , para de ahí, cargarla con manadas de hierbas destinadas al sostenimiento alimenticio del variado ganado que ya poseía mi padre. Recuerdo que me iba con bastante antelación a buscarla,para así vestido de vaquero emular a mis idolatrados protagonistas de la serie . Eran grandes recorridos los que sorteábamos la noble “Carolina” y yo. En algunas ocasiones eran recorridos hasta el mismo pueblo de San Mateo, lo cual en mas de una ocasión , llegábamos tarde a nuestra misión,yo definitivamente absorto en mis paseos perdía la noción del tiempo. Claro esta, con el correspondiente enojo de mi padre por llegar tarde a la cita.

En la remembranza que guardo de aquella época, está el de una niña de ocho u nueve años. Era ella Juana María,  hija de Doña Evarista, nuestra maestra de escuela por aquel entonces. Su semblante, era tremendamente dulce y almibarado, y sin sombras. Con una elocuente sonrisa siempre, que yo miraba y remiraba embelesado procurando que nunca me descubriera. Fue mi primer amor, platónico…Ese que se vive y se sufre en el silencio cobarde de la niñez. Y bueno, era mi dulce y adorada novia en sueños, y la primera en despertar mis inmaculadas pasiones  cuando ya mis excesivamente jóvenes hormonas comenzaban a florear… En el recreo no le perdía mi mirada ni un instante, en silencio, cuando escuchaba el timbre extenuado de su  celestial voz mientras jugaba con sus amigas. Era esa aterciopelada voz la que se colaba a través de mis oídos,y que de no se que manera, conformaban un  recorrido pavoroso  por cada milimetro de mis alborotadas e inquietas  tripas que como comparsa desordenada se unían en un tumultuoso y espontaneo e imparable baile . Porque ese gusanillo las alborotaba todas. Algunos comíamos  golosinas sentados en un banco de obra o apoyados en la metálica alambrada que custodiaba el patio de recreo ,otros se entretenían con inocentes juegos improvisados de la epoca.
Una mañana ella me regaló esa divertida e inocente sonrisa, nunca en mi vida llegue a estar tan cerca de una parada cardiorespiratoria, nunca me hallé mas cerca de las estrellas, cuando en ese preciso instante que se me acerco para preguntarme por donde andaba   mi hermana Paquita.Yo  sentía mis mejillas  enrojecer a la vez que medio enmudecía. Con el tiempo, años después volví a coincidir en el colegio Jaime Balmes, yo ya comencé a trabajar de pinche de cocina y ella era estudiante. Para mi seguía tan bella,dulce y almibarada como en la niñez. Algunas veces mas la vi ya mas chavalito adolescente, pero habia un umbral de timidez para con ella que jamas logre superar, podía resistir el rechazo de cualquier chica, pero de ella no. Y ahi quedo ese amor, esa ilusion que con el tiempo se fue evaporando, se fue difuminando en esa estación de mi vida. A veces me pregunto a donde irán esos amores infantiles que se quedan anclados en el tiempo.
No he vuelto a ver personalmente a Juana Maria…aunque cierto es que la tengo entre mis contactos de Face y en ocasiones nos sorteamos algunas palabras. Seguramente si la volviera a ver no la reconocería, ni ella a mí. Hemos cambiado tanto. Algunos niños , pocos, con el paso del tiempo, son irreconocibles… Se transforman, desgraciadamente, en hombres desalmados, violentos, y también, como los pistoleros, impasibles ante el dolor y la muerte de los demás… Cobardes que maltratan a las mujeres, que abusan de ellas, y que pueden llegar a matarlas.
Conservo alguna fotografía grupal del colegio de esa época, veo a niños buenos… Incapaces de hacer daño a nadie. Y sonrío, porque los niños siempre son buenos… Aunque, a veces, algunos, son capaces de hacer daño a otros niños, a los más débiles, a los diferentes. Pero bueno, me quedo con la bondad de la infancia, con los sueños de la infancia, con la amistad de esa infancia… Con el rechazo a la injusticia y con la solidaridad.
Pienso en todo lo que vamos abandonando en el camino, mientras crecemos, y nos hacemos mayores… En cómo nos vamos transformando, de algún modo, en otras personas. Y como, muchas veces, nos olvidamos de ese niño que dejamos abandonado en algún recoveco de nuestro recuerdo. que come golosinas y se ríe sin saber muy bien por qué.
Nostalgia de la infancia… Sí… No sé… La culpa es de las viejas fotografías, que te llevan a ese mundo idílico… a recuerdos que el paso del tiempo se transforman en mágicos, e irrepetibles. Sonrisas, alegría, paisajes increíbles, abrazos cálidos, miradas llenas de amor, y una sensación permanente de satisfacción, de dicha. En esas fotografías, por lo general, no se recogen los problemas, la infelicidad, ni el dolor, ni el miedo, ni la maldad… Esas fotografías nunca serían la portada de un periódico, ni una pequeña noticia en un telediario… Esas fotografías, de algún modo, recogen un mundo que parece irreal, teñido de momentos que hemos vivido, claro… De los mejores momentos que hemos vivido.


sábado, 21 de septiembre de 2019

Recuerdos …..Imborrables(Pequeños extractos de mi diario)


A veces, cuando en  la soledad de la noche decido hacer turismo  a través de los largos caminos de mi memoria, las escenas  se agolpan   y poco a poco, como si de un corto de cine se tratara  se reproduce, mi mirada, perdida entre unos farolillos del silencioso parque,  se manifiestan centinelas  e inalterables, tal vez custodiando la ligera oscuridad de la madrugada limeña, mi imaginación trata de proyectar entre ellos como escena inicial una salida al terminar las clases en la escuela  del barrio de La Lechuza, al pistoletazo de un ring que ponían fin  a la  jornada mañanera de clases,allí  unos chiquillos, uniformados, con pantalón o falda gris según el sexo  y camisa de pequeños cuadros azules y blanco,salían entre risas y alborotos .Ya fuera , casi al compás, se abren los paraguas de una treintena de  ellos ,entre ellos, nos encontramos mi hermana  Paquita y yo. El camino hasta casa en esos días de duro invierno se tornaba algo complicado, por los charcos y por el caudaloso barranco que atravesaba la perdiguera, que con su correr  nos obligaba a dar rodeos hasta llegar al puente de El canario, en la finca de los Bravos. La densa bruma invernal se deslizaba entre los árboles frutales y la mojada hierba, que a su paso, bañaba nuestras oscuras botas de agua  . El frío se hacia notar ,enrojando  y azorando nuestras pequeñas  manos,  las cuales  tratábamos  de proteger introduciéndolas en los bolsillos de un ruidoso e incomodo anorak azul, aun así, caminábamos inmersos en  una amena e infantil  conversación, eso y la ilusión  de llegar a casa , por que  sabíamos lo que nos esperaba en esos días de crudo invierno ,un sabroso potaje de jaramagos con carne de cochino , manjar entre los manjares, ya desde aquella portada verde que tenia por bisagras unos oxidados alambres , se percibía el aroma inconfundible  de la rica formula, obra magna, de mi madre que unida a la orgullosa maestría que mi padre aportaba  con su sabroso ¨amasón¨ de gofio ,casi siempre  aderezado con chicharrón frito en manteca, que lo hacia sobrepasar  los limites de lo exquisito, dándole el remate  final con un duro queso de cabra que elaboraba también mi madre de nuestro propio ganado. Mis ojitos inquietos no perdían detalle del despliegue orquestal de este dueto en materia gastronómica que era mi padre y mi madre juntos.
Fuera, como aplausos del concierto al mejor tenor, sonaba el impacto de la lluvia en las destartaladas planchas de plástico del patio, era una estampa familiar llena de calor, de dulzura, tan dulce como esa  conserva de membrillo  en cajita de madera marca ¨conchita¨ que acompañábamos con pan como postre, si definitivamente, son bonitos recuerdos, recuerdos imborrables…..de mi niñez

Gracias a todos los protagonistas del libro de mi vida…




Supongo que la vida, al igual que los libros, está hecha de capítulos…Y también, como en los libros, cada capítulo es una vida en si misma…
En ocasiones vivimos capítulos aburridos, pero que una vez pasamos al siguiente, los recordamos con cierto cariño por todo aquello que sentimos.
Otras veces, las hojas se nos escapan por entre los dedos, sin tiempo siquiera para degustar esa bella sensación, y cuando recuerdes ese pequeño trozo de tu vida, siempre te embriagará un suave sabor a recuerdo.
Hay protagonistas en cada capítulo, algunos perdurarán a lo largo de la vida, y otros simplemente son actores secundarios de los que debemos aprender algo.Sin embargo, lo más duro es cerrar un capítulo que no queremos terminar, pasar página y dejarlo atrás nos provoca inseguridad, una infinita sensación de vértigo.
Tal vez porque esas líneas han sido protagonistas en todos y cada uno de los capítulos de nuestra vida.
Aprendamos que los capítulos deben quedar atrás para que esta vida, y este libro, tengan sentido. Aprendamos que pasar página no implica olvidar, y que al fin y cabo, si hay algo que supera a la belleza de un sueño, es la belleza de un recuerdo.

Hoy miro atrás en el libro de mi vida y veo a un niño que vivió feliz, veo tachones y nombres a medio borrar, veo experiencias de las que aprendí y sueños que quedaron por el camino. Veo olores y sabores, compañeros de dos y de cuatro patas que nunca llegaron a saber lo importantes que fueron en mi vida, veo miradas ingenuas que aun hoy siguen sin entender, veo manos y pisotones que quedaron atrás, pero sobretodo veo cimientos, los cimientos que fundaron un camino que a día de hoy sigo construyendo.

Pasajes de aquella niñez

Recuerdo cuando de niño, recostado en el patio empedrado de mi casa, bajo una frondosa parra que estaba en la salida del patio, ataviado siempre por flores de cualquier clase que a mi madre tanto le gustaban . Aún al día de hoy hace viajes de 20 kilómetros que separa Tamaraceite del barrio de La Lechuza tan solo para seguir regándolas y disfrutando de esa compañía que desde siempre ha sido su pasión,las flores. También recuerdo entre las flores una talla destilada que siempre mantenía el agua fresca. Después de comer mi madre,diciéndome que hacía mucho calor y era hora de dormir la siesta,cosa que no me gustaba para nada, me acostaba a su lado,yo esperando a que a ella la venciera el cansancio de  las tareas cotidianas y se durmiera, cambiando la soledad y el silencio de mi habitación, en mi capricho y contradicción,me levantaba sigilosamente para nuevamente ir al patio donde mirando al cielo, veía como los canarios  y linaseros  dibujaban círculos  en el cielo y me producía una extraña sensación, en la cual pareciera,se liberaba el alma de mi pequeño  cuerpecillo, haciéndome  volar con  ellos, que hermoso todo aquello, las nubes blancas como copos de nieve contrastaban con ese infinito cielo azul, en el horizonte divisaba  algún  que otro barco,allá,  en  la lejania, la ciudad de Las Palmas 
   Han pasado los años y todavía guardo en mi recuerdo, cuando nos  juntábamos en la esquina de la casa de juanito ¨el herrero¨, en la asomada ,barrio de la lechuza, pronunciando cánticos y fantasiosas anécdotas que escuchábamos con mucha atención, que linda  niñez aquella.

Cuando jugábamos algún partido en la explanada  con la pelota de trapo que alguna madre generosa nos hacía con medias viejas o una destartalada lata de sardinas que improvisábamos como balón,  también, corríamos tras el aro con un gancho de alambre que le íbamos a pedir a  Juanito,  que gentilmente nos regalaba con  una sonrisa, de alguna rueda vieja de bicicleta que tenía apilada detrás del tallercito que seguramente en su pensamiento las tenía guardadas  para nosotros .Recuerdo también como esperábamos al sábado  que era cuando se emitía la serie de TV  El Gran Chaparral que ilusionadísimos  íbamos mi hermana Paquita y yo a ver al único televisor en blanco y negro que había en el barrio y que mi padre lejos de comprender la magnitud de nuestra ilusión nos llamaba interrumpiendo nuestra ansiada película por que ya era tarde.
Hoy le cuento esto a mis hijos y ni que decir a mis  futuros nietos, que me  mirarían azorados, como diciendo en que idioma estoy hablando, son otros tiempos, el progreso ha avanzado, está bien todo esto, veo que los chiquillos saben de video juegos, saben usar el ordenador, antes que comenzar a hablar, me gusta ésta juventud  que serán los que tendrán la responsabilidad de conseguir  un mundo  mucho mejor  que el actual.Ya ha pasado el tiempo, los cabellos han tomado ese color blanco de las nubes como copos de nieve  y estoy recostado en la mesa de mi ordenador a miles de kilómetros,por un momento en la lejana ciudad de Lima (Peru)  dejo volar la imaginación que toma de la mano al recuerdo y se desliza en un carretón de cojinetes por la cuesta de Antoñita la ¨valerona¨. Quizás la primera maestra que tuve al llegar a vivir a San Mateo una señora con un cuerpo muy voluminoso, que apenas podía levantarse y que nos reprendía  al carecer de movilidad con una larga caña , eran tiempos de miseria ,pero también de lindos recuerdos, de aromas de rica fruta en los árboles ,de alfombras de rojas amapolas en los prados, de calurosas tardes  de verano que con una  simple sesnidera de arena como trampa para atrapar pájaros  nos pasábamos tardes y tardes enteras o ese transportar agua  en latas de aceitunas  que adaptaba antoñito el herrero ,ese hombrecito pequeño con gafas redondas  y de broma socarrona en su fragua manual para luego nosotros transportabamos en ganchos y palo de madera al hombro,ese aroma  pastelero cuando recién abría las puertas  de su furgón los vendedores ambulantes de dulces, como también recuerdo ese inigualable olor a pan recién hecho en la mini-furgoneta de Boro ¨el panadero¨………ahhhh, que linda la niñez.   

Yeya, mi abuelita


Cuanto tiempo sin rondar por estos fueros, sin encontrarnos por aquí, entre líneas, entre sueños, como solíamos hacer a menudo, como era costumbre. Cuando estaba bien, cuando estaba mal, cuando estaba sólo o acompañado, cuando tenía algo que contar o simplemente, algo que esconder entre verborrea.
El caso es que hacía tiempo que no recurría a mi espacio, y me da mucho que pensar. Quizás es que me he dejado ir un poco, cambios, sucesos, asentamiento, o simplemente excusas para auto compadecerme sin ningún tipo de fundamento.
Lo cierto es que el tiempo ha seguido azotando con su látigo, a un ritmo infernal, más acelerado que nunca, sin tiempo siquiera para respirar. Tanto, que alguno de los que estaban presentes cuando hice la última entrada, hoy ya no son, ya no están, y necesario, todos deberíamos ver morir algún día a nuestros familiares, de mayores, muy mayores sí. Pero que lo veamos nos recuerda que el ciclo de la vida sigue su curso, que no hay tiempo que perder, que sí, hoy somos testigos de un tramo cruel, pero que el círculo se cierra, y que cada vez dolerá más, que el siguiente paso será mucho más duro, tanto que incluso me da miedo imaginármelo. Y te percatas que nada merece la pena para desviarte del camino porque hoy sí, matemáticamente, estamos un peldaño más cerca de la muerte, y las matemáticas son una ciencia exacta.
Mi abuelita se apagó, de una manera quizás más consciente de lo que muchos creen , allí en la Barriada de Guanarteme,en casa de mi tia Pino,allí,  pues su ojito cansado, el que mantuvo abierto observando prácticamente hasta el final, su ojito, ese hablaba por sí sólo. Decía que agradecía que estuviésemos todos ahí, sus hijos, sus nietos, su gente. Decía que esto le sucedió en el lugar quizas que menos hubiera querido,pero el único disponible,quizas hubiese elegido su casa de siempre Las Perreras donde las paredes guardaban tantos y tantos secretos, donde los dos manteníamos una relación  profunda de abuela nieto . Transmitía paz, pues este era un simple trámite para reunirse con su Domingo Granados, eso que tanto anheló durante años y sin el que no supo vivir. Y lo haría de una manera silenciosa, indigna, pero cálida, cálida porque no hubo una mano que la soltase hasta el último momento.
Se fue sin quejarse, indefensa, seguramente igual que nació pero muy diferente a como vivió. Fue una mujer fuerte, de carácter, luchadora, una mujer de las de antes, hecha a su vida y devota de su familia  a la que saco adelante después de miles de sacrificios,primero hijos y después nietos.
Y sin casi tiempo para asimilarlo, ahí estaba postrada,en la habitación que daba a la calle , a la calle Almanza 84 de la barriada de Guanarteme con sus pequeños y semiabiertos los  ojitos cansados observando todo, palpando cada cosa que le rodeaba, como el niño que descubre cosa nuevas, o quizás despidiéndose de todo eso y de todos aquellos que formaban su vida, quizás experimentando sensaciones que jamás volvería a sentir, el tacto, el calor humano en el roce de una mano, la complicidad y la fuerza de una mirada.
Nos unió, como siempre una situación dura como nexo de unión para una familia un tanto disgregada en los últimos tiempos. Quizás las cosas sigan siendo así, probablemente cada uno seguirá su curso y su camino, y seguiremos como hasta ahora, viéndonos de vez en cuando, en fiestas o funerales. Pero la sensación de unión que tuvimos los pocos que quedamos, los más allegados, eso ya no nos lo quitará nadie.
Hubo un instante de silencio, de miradas, de unión, de fuerza, todos los que la queríamos estábamos allí, esperando, transmitiéndole fuerzas, cariño, agradecimiento…De ella había surgido todo, era la raíz del árbol que había dado vida a todas esas hojas, todos los que estábamos allí existíamos por ella, y lo sabíamos unos, otros aún permanecen en la mas profundas de las ausencias, y le debíamos ese momento, un momento entrañable, único, de familia unida que tanto le gustaba a ella. Y tras eso se apagó.
Se fue mi yeya, se fue el potajillo, el cariño a cuenta gotas, se fue parte de  todos nosotros, se fue la devoción por sus nietos, se fue la crítica constructiva, los recuerdos de niño, se fue parte de mis tios Juan, Santiago,Paca,Pino,Rosa,se fue parte de mi hermana y mucha parte de mi madre, se fue incluso el desencuentro constante con mi padre…Pero ante todo y pese a todo, se fue mi yeya, la de siempre, para lo bueno y para lo malo, y aunque me duela decirlo, quizás la única yeya que tuve jamás.
D.E.P. Siempre en nuestros corazones
P.D – Quizás algún día el ocaso no llegue, la vida no cesará y la luz jamás se pondrá en la vida de ninguna persona, ni en las que mueren ni en las que seguimos vivas. Porque los momentos en que la luz pierde intensidad, volviéndose tenue y quizás apagándose momentáneamente, ya sea por un espacio temporal breve o extenso, el caso es que de alguna manera en ese preciso instante mueres en vida, y asesinas una parte más del pequeño niño que un día fuiste y que hoy trata de sobrevivir en lo más profundo de tu corazón. Sed felices y que jamás llegue la noche a vuestras vidas, ni por un solo segundo

El remo tras mi casa

Todo fue hermoso en aquel atípico jardín de mi infancia, estaba compuesto por un ejercito de castañeros en  la ladera bastamente inclinada tras nuestra casa,allí, se sorteaban tallos de algunas margaritas entre las flores de mayo y que, a modo de islotes, salpicaban tímidamente la verde la hierba. Nuestro divertido vuelo en el ¨remo¨ bajo las ramas de aquellos robustos y a buen seguro centenarios castañeros ,donde mi hermana Paquita y yo nos disputabamos el turno para balancearnos .Aun me parece recordar los ladridos de nuestro noble perro ¨Toby¨,ese fiel centinela, que aunque siempre atado a una prisionera cadena y  bajo la protectora sombra de una frondosa y tupida higuera, de los calurosos rayos que el sol provocaba. Nunca bajaba su guardia. Desde luego hoy lo pienso y me parece una cruel injusticia el haberlo tenido atado. La languidez malva de los lilos, ese perfume respirado, inspirado, respirado hasta evaporarse dentro y fuera, fuera, inmensamente fuera de mis pequeños pulmones. Ese mosaico de luz sombreada y esparcida entre las hojas, sobre mi rostro tendido en la hierba, esperando mi anhelado e insaciable turno de ¨remo¨ en ese columpio loco que iba, iba y venia. El remo, compuesto por dos sogas y un palo atado a la rama mas alta y que en su incansablemente mecer nos hacia perder el aliento, las minúsculas gotas de sudor resbalaban de nuestras párvulas frentes como cual rocío alboreado  suspendido sobre la punta de una rama, en cualquier gélido amanecer en los tremendamente fríos y helados inviernos en mi barrio de La Lechuza. A lo lejos , pero casi a nuestros pies, por lo prominente y alto que se encontraba nuestra casa, nuestro querido pueblo de San Mateo, que con su divina incandescencia producida en parte por la espesa bruma que cachazudamente vagueaba por entre sus calles y tejados plagados de veroles florecidos de forma heterogénea y desigual, contrastando en principio, pero para inevitablemente terminar fundiéndose con  el destellante e inmaculado blanco de sus casas , cuyo impacto visual, silencioso, desde lo alto, fecundaba mis adolecentes retinas con una imborrable e inolvidable bella postal que no olvidare el resto de mis días  en esta vida. 

Mi madre y las lentejas

Era una  candente mañana de 1964, mi abuela Yeya pelaba papas, mientras en un radio-transistor pequeño, protegido por un grueso forro de piel color chocolate claro, sonaba música de la época,siempre lo colocaba allí mi abuela Yeya, en una mesita alta, frente la puerta de la cocina, custodiado siempre desde lo alto de la pared por un pequeño espejo,un almanaque de paisajes que rotaban de mes en mes y un cartoncito color azul turquesa a modo publicidad de un perfume, siempre me llamo la atención ese color , me agradaba .....
Mientras mi madre deambulaba entre los dos dormitorios con su ajetreo arreglando camas,con mis  cuatro o cinco añitos me dejaba llevar por la curiosidad de un paisaje inhóspito de las montañas de enfrente, desde donde divisaba era un enclave perfecto, un patio lleno de variadas flores plantadas en cacharros distintos donde bien venia envasada la leche lita, conservas, sardinas y hasta creo recordar que no había uno igual al otro,pero eso si, mi abuela cuidaba con mucho esmero. Y desde allí, alzado sobre una caja de madera, mi cabeza ya superara el murito, mi mirada curiosa fisgoneaba todo lo que mi angulo de visión le permitía desde el barranco a Las Majadillas y por supuesto lo que hoy viene a ser el barrio de los giles que esta mas enfrente, por esa época,totalmente despoblado y su vez aparcelado por cultivos de tomates.Por mas edificación contaba con unas esparcidas fortificaciones tipo casetas indias con una estructura cónica formadas por agrupadas cañas pensadas para un doble uso, primero para resguardarse a la hora de comer o descansar y segundo como acopio de las mismas, ya que luego se usaría para el entramado necesario al desarrollo de los tomateros.
Ese día mi abuela Yeya preparaba un rico potaje de lentejas, el aroma aun permanece imperecedero en los vastos entresijos de mis recuerdos mas añora dos y queridos. En concreto,mi madre había acordado con mi padre el que al mediodía le llevaria el almuerzo hasta su trabajo , que por ese entonces, había sido contratado por los adinerados terratenientes de esa época, los llamados Betancores, su trabajo ubicado en lo que hoy día conocemos por cementerio del puerto y la minilla.Justo allí mi padre trabajaba como peón en la fabrica de bloques que  ostentaban Los Betancores entre otras muchisimas empresas mas.No tengo muy claro quien le consiguió ese puesto de trabajo a mi padre, imagino,que mis tíos. Ya que tanto ellos, es decir mis tios Santiago,Pablo y Lorenzo eran también trabajadores de la misma empresa.Imagino que algo tuvieron que ver con esa contratación.
Para el transporte del almuerzo, mi madre poseía una especie de morralito de vinilo azul con bordes blancos,en el que una vez listo el potaje lo comenzó a empacar dividido en dos fiambreras de aluminio con cierre a presión a través de unas trabas laterales, las colocaba una arriba de la otra envueltas en dos paños para favorecer el calor y evitar que la mismo afectara el plástico del morralito, sobre las fiambreras colocaba cubiertos,gofio,varios plátanos a modo de postre y un buen tajón de queso duro que a mi padre tanto le gustaba para acompañar al potaje. Una vez todo preparado y colocado, mi madre, mujer de unos treinta y tres años,figura erguida y delgada, cintura de avispa, siempre tremendamente pilas , comenzó a ataviarme con un pantaloncito corto y una blusita, para llevarme consigo. Ella procedió también por cambiarse para coger la guagua que nos llevaría hasta la barriada de Guanarteme y desde alli caminar por todo el borde de lo que hoy día es el Hospital Doctor Negrin hasta La Minilla.

Pero volvamos hasta el paradero donde debíamos esperar la guagua pintada de color verde que nos llevaría hasta alli. Era un día cálido, mi madre siempre tremendamente guapa, con un vestido hasta las rodillas y entallado que dejaba entrever su delgada figura. En esa época Tamaraceite estaba escasamente poblada y desde el paradero del ¨tanque pico¨ , ya teníamos la posibilidad de divisar cuando la guagua salia de Tamaraceite, justamente ese día no fue muy puntual,esperamos largo tiempo.

Mi madre tenia un gran sentido del matrimonio,siempre fue muy generosa en la aportación marital, no digo que mi padre fuera menos, creo que cada uno a su manera aporto de igual modo. Mi padre era tremendamente estricto en su responsabilidad de llevar el sustento a casa, a pesar que su limitada formación, ya que no sabia ni leer ,ni escribir. Pareciera que sus padres nunca lo vieron como una necesidad imperiosa para su futuro.
Desde nuestro enclave , ya pudiamos ver a lo lejos, venir a una destartalada guagua, parte  madera, parte latón, color verde y un blanco crema en los bordes del parabrisas y ventanas hasta el techo. Al parar, desprendía un olor a agua hirviendo de radiador mezclado con tufo de aceite requemada. Una vez habíamos montado, mi madre y yo nos dirigimos hasta la parte ultima de los incómodos y duros asientos de madera. Imagino que ella eligió sabiamente para que al bajar con el bolso y cargándome a mi, que era un poquin revoltoso e inquieto, de esa manera pues, tener mas facilidad a la hora de apearnos. Recuerdo nos sentamos hacia el centro del sillón largo de la punta de atrás. Ella puso el morralito en el suelo aprisionado entre sus piernas y a mi me sentó en su falda.

Al momento nos llego el cobrador. Un hombre con una prominente panza y cartera colgada de forma lateral desde su hombro  llevaba una tabla con  una prensa metálica en un lateral de tacos de pequeños tickets con diversos precios según el trayecto elegido .Llego hasta nuestra altura apoyo sus nalgas contra uno de sus asientos a modo de sujeción y equilibrio .Para seguidamente preguntar .- ¿Hasta donde señora?Exclamo con una ronca y decadente voz acompañada de aburrida rutina.Mi madre canceló el importe y el panzon cobrador se alejo para sentarse en un sillón lateral frente a su compañero chófer y seguir chismorreando.

Todo iba bien hasta que el tosco y bruto chófer freno de repente de forma brusca, imagino para recoger a alguien fuera de parada que le alzo la mano. Fruto de esta ruda forma de frenar,el aprisionado morralito entre las piernas de mi madre, desato un despavorido y desbocado paseo por el pasillo central de la guagua que termino chocando en la angulosa barra de cambios. En su recorrido una de las fiambreras se abrió regando por todo el pasillo las lentejas,papas y demás ingredientes que mi abuela había cocinado horas antes. Mi madre me dejo en el sillón solo y acudió a atender la protesta de un chófer muy mal encarado que le dejo un trapo viejo para que limpiara el pasillo central con la guagua en marcha. En mi surgió una mezcla de sentimientos que al dia de hoy aun no he podido definir. Al ver el mal carácter del grosero del chófer,la insolidaria  actuación de los pasajeros y la compasiva estampa de mi  madre de rodillas limpiando todo aquello sin que nadie le ayudara, me hizo sentirme tremendamente impotente a la vez que triste, observe sus ojos vidriosos clamando una inminente evacuación de lagrimas. Por un momento mi mirada y la de mi mama se cruzaron,fue cuando desde el pasillo donde limpiaba, que cuando en cuando, alzaba la mirada para ver si estaba bien sentadito donde me dejo. Yo creo que un alarde solidario de ayudarla fui incapaz de moverme.

Al final se resolvió el problema de la limpieza, aunque debo decir que hasta antes del accidente de la lentejas de mi madre, en la guagua, predominaba un olor nauseabundo de aceite requemada de motor, luego quedo un rico olor a guiso de mi abuela. No hay mal que por bien no venga. Así reza el dicho.......
Pero siguiendo con el relato,mi madre y yo llegamos al paradero de la barriada de Guanarteme, allí nos apeamos y comenzamos todo el trazado del camino de tierra , hasta donde se encontraba mi padre donde nos esperaba. Allí mi madre le contó todo lo acontecido. Mi padre tendió una manta negra utilizada de forma habitual para los racimos de plátanos nos sentamos en el suelo y nos repartimos las pocas viandas que quedaron. Como siempre mi padre al terminar  se levantaba y dirigía su mirada hacia sus montañas de San Mateo,creo que siempre soñó con regresar a ellas, como efectivamente así hizo unos años mas tarde, pero eso pertenece a otro relato..........

Por eso, cuando ahora veo a mi madre, a sus noventa años,desvalida por su enfermedad.En ocasiones triste porque ya no puede desarrollar las actividades que hacia. La recuerdo con su figura treintañera con su sonrisa incansable. Lo valiente y luchadora  que fue para mis hermanos y para mi. Ella se merece que le tengamos una paciencia infinita, tan infinita como su bondad hacia nosotros durante toda su vida........ 


Las lechugas de Juan Manuel Sosa

En el camino de regreso de la escuela, se iban desgranando veniales grupos a modo de coros de a dos o tres. Mientras las compañeras féminas amigas de mi hermana conformaban esquemáticos grupos de corrillo y habladurías, los varones gritábamos y planeábamos la selección futbolera del barrio que tenia a cabo en un improvisado "estadio" que estaba compuesto por un cercado huérfano en su mayor parte de vegetación, quizás por lo abaleado de nuestro embelesado y absorto corretear tras la pelota. Como portería, contábamos con dos gruesas y enormes piedras  que delimitaban el territorio del arquero, allí en la caldereta cerca del pozo del Ebro, bajo los nogales.
A medida que íbamos avanzando por aquella carretera de tierra, tan solo endurecida por las huellas de los neumáticos de algunos coches o furgones que por allí transitaban. El grupo se iba reduciendo a medida que avanzaba . Al llegar a el arenal, a la altura de la casa de Pinito la costurera, que confluía con la subida al lomo,ya la dispersión  era considerable.Mientras  mi hermana se despedía de sus amigas mas allegadas  en su corrillo como Lorenza, Mari Pino, Maruca etc. Yo hacia lo propio con mis frecuentes .Y justo era en ese punto donde nos descabalgábamos del grupo para desviarnos hacia el callejón de Pinito ¨La costurera¨, ya que al fondo se encontraba la Herrería de Maestro Antonio ¨El Herrero¨,en donde mi hermana y yo debíamos retirar un ¨encargo¨.
Aquel día al mediodía, mi padre nos había encomendado una misión a través de su ¨subalterna¨ para temas relacionados a nosotros ,que no era otra que mi madre – el pocas veces nos ordenaba, se lo transmitía a mi madre y ella se encargaba de se ejecutara toda la voluntad de mi padre al pie de la letra con aquella amenazante y típica frase que siempre insertaba como conclusión a la orden,¨No se olviden ,mira que tu padre se saca el cinto¨. Dicha encomienda era recoger dos hoces para cegar hierba que días anteriores las había llevado yo, envueltas en un papel de periódico viejo a la herrería de Maestro Antonio para picarlas, que era el nombre que se le solía dar al proceso encargado de sacarles filo .
Antoñito ¨El herrero¨ era un hombre mas bien bajito, su estatura era de un metro cincuenta, mas o menos, sombrero negro, siempre alzado hacia la coronilla de su cabeza tal vez para comodidad de sus labores, unas redondas gafas negras de considerable aumento, muy bromista y risueño , siempre portaba un inacabado puro habano en el lateral derecho de sus labios, apagado casi siempre, pero que cuando te iba a explicar algo lo encendía como si de ese modo le ayudase a reflexionar sobre explicación que te iba a dar,era extremadamente habilidoso y manejaba la soldadura como nadie, de su fragua salían hermosos rociadores de agua que construía a partir de latas en donde venían envasadas las aceitunas, fabricaba cuchillos, guadañas ,picos, asadas, herraduras y todo lo que se le encargara. Siempre tenia una broma para con nosotros a modo de saludo, era afable ,tranquilo y muy cariñoso, era de esa clase de personas que comenzabas a conversar con el y a los cinco minutos tenias la sensación de que lo conocías de toda la vida.
Esa estrambótica tarde, mi hermana Paquita y yo pasamos a recoger el encargo de nuestro padre, la alternativa , osea olvidarnos, era sumamente desagradable, los frecuentes moretones en nuestras piernas eran buena prueba de ello. Osea que mejor no tentar a la suerte. Eran dos hoces envueltas en el mismo papel de periódico que la habíamos llevado, era tal el filo logrado que traspasaba las tres capas de hojas del papel de periódico. En ese tiempo existía el fiado, osea nosotros retirábamos la mercancía o encargo y mi padre pasaba luego a abonarle la cantidad. Emprendimos Paquita y yo el camino de regreso a casa, solo que en vez de seguir por toda la carretera, que iba por la tienda de ¨Marcelinita¨, casa de los Pinos y Asomada, optamos por cortar camino a través de los cercados del catalán, nos lo tomábamos muy juguetonamente.
Recuerdo era una lánguida tarde , el aspecto del cielo ofrecía una inconforme presencia de nubes de color grisaseo y otras de tonalidades mas oscuras,que asomaban tímidamente desde lo alto de la montaña Cobezo y el Lomo los ingleses camino a el cumbrero barrio de Camaretas, en el camino de los cercados se respiraba un exceso de húmeda brisa entremezclada con esa sensación a tierra mojada, la silvestre hierba del angosto camino de los cercados invadían a la vez que custodiaban la orilla , los pequeños cuerpecillos de mi hermana y míos, por momentos correteaban tanto como danzábamos alegremente a la vez que llegamos a una cosecha de hermosas lechugas. Era el cercado de Juan Manuel e Isabelita, las lechugas como si de un ejercito bien adiestrado se tratara erguidas y firmes en filas casi perfectas. No se que me paso por la cabeza.
Tal vez emulaba a algún indio cimarrón de las fantásticas películas que veíamos en televisión. Por aquel entonces de los pocos vecinos que la poseían , en blanco y negro y un solo canal de TVE. Lo cierto es que saque mi hoz recién afilada y le declare la guerra a la fila de lechugas que lindaban con el camino. No se si mi hermana se solidarizo en mi encarnizada batalla contra las lechugas de Juan Manuel, en mi pasión guerrera de esta ¨escabechina¨ de poco me daba cuenta a mi alrededor hasta que no termine con mi ultimo ¨soldado-lechuga¨ al final del camino,mi hermana, que hasta entonces reía y reía de repente se puso seria con gesto de desaprobación, pero lo cierto es que después de darnos cuenta de la tremenda carnicería de lechugas, tratamos de limpiar el arma del delito con las mismas hojas de envoltorio de periódico. Regresamos a casa, colocamos las armas del delito en el alpendre. Asustados nos pusimos a merendar, pan ,conserva y leche de cabra con cola cao. Nada dijimos a mi madre, albergando la esperanza, tal vez, que no se supiera,o tal vez ni se den cuenta pensé, o quizás mejor, nadie nos vio. Pero las cosas se tornaron diferente, ya que a las dos tres horas, comprobamos que nuestros temores tenían su razón de ser. Alguien desde la destartalada puerta de la calle, exclamaba alterado: -Eulogito, Eulogito.....-
Era Juan Manuel, el dueño del cercado de las lechugas, salió mi madre, que le dijo; - Buenas Juan Manuel, pase , pase... a lo que el respondió: .- No gracias, ¿Su marido se encuentra?.- Si debe estar ordeñando en las alpendres.- Le contesto mi madre .-Entro como alma que lleva el diablo pero lo cierto es que el señor poco tardo en volver a salir, y al pasar por mi lado me sorteo una mirada muy poco amigable. Al rato mi padre llamo a mi hermana Paquita que viniera a buscar la leche ordeñada. Los llantos despavoridos y quejidos de mi hermana que se justificaba,con un "yo no fui,yo no fui, fue Nino ".Pero la “cintiada” magna que estaba acaeciendo me hacían presagiar que mi castigo iba a ser inminente y hasta mucho peor por ser el ejecutor de tal fechoría,como efectivamente así fue. Estuve mas de tres días con moretones de centímetro y medio en mis piernas


Un vaquerito enamorado



Una vez, hace mucho tiempo, me disfracé de vaquero… Sombrero de ala ancha, ligeramente echado hacia atrás, camisa de cuadros pulcramente abotonada. Y anudado al cuello un pañuelo no muy grande, como el que llevaba los actores en la serie El Gran Chaparral. Nada que ver con el pañuelo más descuidado, que llevan los forajidos, sanguinarios y bravucones. Pistoleros de “gatillo fácil”, que mascan tabaco, y no se inmutan si tienen que “liquidar” a alguien. Impasibles ante la muerte, sin remordimientos. Los actores de El Gran Chaparral, de algún modo, encarnaban la honradez, la bondad… Y cuando en alguna ocasión de la serie televisiva en blanco y negro, se interpretaba el papel de un héroe… Era un héroe justo, valiente y noble.
Mi aspecto, a pesar de mi disfraz de pistolero, y de los dos revólveres de plástico, que llevaba en la cintura, era totalmente inofensivo… Transparente, sin zonas oscuras.. Quizá esa transparencia, tiene mucho que ver con la edad que tenia yo en esa época. Seis o siete años.
En esa etapa infantil, recuerdo nuestra familia vivía en el barrio de La Lechuza,mi padre me hacia el encargo de ir a recoger una burra prestada llamada “Carolina”, a lo que yo era el encargado de llevarla a eso de las cinco de la tarde, casi siempre,a su trabajo , para de ahí, cargarla con manadas de hierbas destinadas al sostenimiento alimenticio del variado ganado que ya poseía mi padre. Recuerdo que me iba con bastante antelación a buscarla,para así vestido de vaquero emular a mis idolatrados protagonistas de la serie . Eran grandes recorridos los que sorteábamos la noble “Carolina” y yo. En algunas ocasiones eran recorridos hasta el mismo pueblo de San Mateo, lo cual en mas de una ocasión , llegábamos tarde a nuestra misión,yo definitivamente absorto en mis paseos perdía la noción del tiempo. Claro esta, con el correspondiente enojo de mi padre por llegar tarde a la cita.

En la remembranza que guardo de aquella época, está el de una niña de ocho u nueve años. Era ella Juana María,  hija de Doña Evarista, nuestra maestra de escuela por aquel entonces. Su semblante, era tremendamente dulce y almibarado, y sin sombras. Con una elocuente sonrisa siempre, que yo miraba y remiraba embelesado procurando que nunca me descubriera. Fue mi primer amor, platónico…Ese que se vive y se sufre en el silencio cobarde de la niñez. Y bueno, era mi dulce y adorada novia en sueños, y la primera en despertar mis inmaculadas pasiones  cuando ya mis excesivamente jóvenes hormonas comenzaban a florear… En el recreo no le perdía mi mirada ni un instante, en silencio, cuando escuchaba el timbre extenuado de su  celestial voz mientras jugaba con sus amigas. Era esa aterciopelada voz la que se colaba a través de mis oídos,y que de no se que manera, conformaban un  recorrido pavoroso  por cada milímetro de mis alborotadas e inquietas  tripas que como comparsa desordenada se unían en un tumultuoso y espontaneo e imparable baile . Porque ese gusanillo las alborotaba todas. Algunos comíamos  golosinas sentados en un banco de obra o apoyados en la metálica alambrada que custodiaba el patio de recreo ,otros se entretenían con inocentes juegos improvisados de la época.
Una mañana ella me regaló esa divertida e inocente sonrisa, nunca en mi vida llegue a estar tan cerca de una parada cardiorespiratoria, nunca me hallé mas cerca de las estrellas, cuando en ese preciso instante que se me acerco para preguntarme por donde andaba   mi hermana Paquita.Yo  sentía mis mejillas  enrojecer a la vez que medio enmudecía. Con el tiempo, años después volví a coincidir en el colegio Jaime Balmes, yo ya comencé a trabajar de pinche de cocina y ella era estudiante. Para mi seguía tan bella,dulce y almibarada como en la niñez. Algunas veces mas la vi ya mas chavalito adolescente, pero habia un umbral de timidez para con ella que jamas logre superar, podía resistir el rechazo de cualquier chica, pero de ella no. Y ahi quedo ese amor, esa ilusion que con el tiempo se fue evaporando, se fue difuminando en esa estación de mi vida. A veces me pregunto a donde irán esos amores infantiles que se quedan anclados en el tiempo.
No he vuelto a ver personalmente a Juana Maria…aunque cierto es que la tengo entre mis contactos de Face y en ocasiones nos sorteamos algunas palabras. Seguramente si la volviera a ver no la reconocería, ni ella a mí. Hemos cambiado tanto. Algunos niños , pocos, con el paso del tiempo, son irreconocibles… Se transforman, desgraciadamente, en hombres desalmados, violentos, y también, como los pistoleros, impasibles ante el dolor y la muerte de los demás… Cobardes que maltratan a las mujeres, que abusan de ellas, y que pueden llegar a matarlas.
Conservo alguna fotografía grupal del colegio de esa época, veo a niños buenos… Incapaces de hacer daño a nadie. Y sonrío, porque los niños siempre son buenos… Aunque, a veces, algunos, son capaces de hacer daño a otros niños, a los más débiles, a los diferentes. Pero bueno, me quedo con la bondad de la infancia, con los sueños de la infancia, con la amistad de esa infancia… Con el rechazo a la injusticia y con la solidaridad.
Pienso en todo lo que vamos abandonando en el camino, mientras crecemos, y nos hacemos mayores… En cómo nos vamos transformando, de algún modo, en otras personas. Y como, muchas veces, nos olvidamos de ese niño que dejamos abandonado en algún recoveco de nuestro recuerdo. que come golosinas y se ríe sin saber muy bien por qué.
Nostalgia de la infancia… Sí… No sé… La culpa es de las viejas fotografías, que te llevan a ese mundo idílico… a recuerdos que el paso del tiempo se transforman en mágicos, e irrepetibles. Sonrisas, alegría, paisajes increíbles, abrazos cálidos, miradas llenas de amor, y una sensación permanente de satisfacción, de dicha. En esas fotografías, por lo general, no se recogen los problemas, la infelicidad, ni el dolor, ni el miedo, ni la maldad… Esas fotografías nunca serían la portada de un periódico, ni una pequeña noticia en un telediario… Esas fotografías, de algún modo, recogen un mundo que parece irreal, teñido de momentos que hemos vivido, claro… De los mejores momentos que hemos vivido.