Tardes anchas y doradas de principios de verano en mi niñez que traían aromas de fruta madura posada en los árboles y rosas en mi querido barrio de La Lechuza. Se exhibían aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de Junio que llenaban el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Esas noches de verano donde los mosquitos y demás insectos danzaban bajo la tenue luz de las primeras farolas instaladas en el barrio. La fruta más madura de los árboles ya despojadas de lustre iban rindiéndose a la condena de esa muerte necesaria, la que precisamos para sucumbir nuestras mejores galas de estómago hambriento. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y verano a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confíaba en la bondad de los hombres que quizá en esos días de ensueño ablandaban los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Junio siempre ha sido el mes de los brillos en mi niñez.

Principio de las vacaciones en la escuela, esas mañanas de amargullarnos en los estanques a modo de piscina, esa fea afición de cazar ranas indefensas. Ese trepar a los perales o durazneros a comer fruta frescas con ausencia de fertilizantes. Aquellas caminatas en grupo a través de aquellos escabrosos y pendientes caminos que nos hacia avanzar hacia las tierras altas, extensas e iluminadas, por el sol que conducían hasta el barrio de Camaretas, armados con tirachinas y largas cañas con la malsana intención de cazar cuervos . Ahora si me preguntan si fui feliz en mi infancia, contestaré con un rotundo si,fui tremendamente feliz
Tardes anchas y doradas de principios de verano en mi niñez que traían aromas de fruta madura posada en los árboles y rosas en mi querido barrio de La Lechuza. Se exhibían aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de Junio que llenaban el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Esas noches de verano donde los mosquitos y demás insectos danzaban bajo la tenue luz de las primeras farolas instaladas en el barrio. La fruta más madura de los árboles ya despojadas de lustre iban rindiéndose a la condena de esa muerte necesaria, la que precisamos para sucumbir nuestras mejores galas de estómago hambriento. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y verano a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confíaba en la bondad de los hombres que quizá en esos días de ensueño ablandaban los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Junio siempre ha sido el mes de los brillos en mi niñez.

Principio de las vacaciones en la escuela, esas mañanas de amargullarnos en los estanques a modo de piscina, esa fea afición de cazar ranas indefensas. Ese trepar a los perales o durazneros a comer fruta frescas con ausencia de fertilizantes. Aquellas caminatas en grupo a través de aquellos escabrosos y pendientes caminos que nos hacia avanzar hacia las tierras altas, extensas e iluminadas, por el sol que conducían hasta el barrio de Camaretas, armados con tirachinas y largas cañas con la malsana intención de cazar cuervos . Ahora si me preguntan si fui feliz en mi infancia, contestaré con un rotundo si,fui tremendamente feliz












