sábado, 21 de septiembre de 2019

Pasajes de aquella niñez

Recuerdo cuando de niño, recostado en el patio empedrado de mi casa, bajo una frondosa parra que estaba en la salida del patio, ataviado siempre por flores de cualquier clase que a mi madre tanto le gustaban . Aún al día de hoy hace viajes de 20 kilómetros que separa Tamaraceite del barrio de La Lechuza tan solo para seguir regándolas y disfrutando de esa compañía que desde siempre ha sido su pasión,las flores. También recuerdo entre las flores una talla destilada que siempre mantenía el agua fresca. Después de comer mi madre,diciéndome que hacía mucho calor y era hora de dormir la siesta,cosa que no me gustaba para nada, me acostaba a su lado,yo esperando a que a ella la venciera el cansancio de  las tareas cotidianas y se durmiera, cambiando la soledad y el silencio de mi habitación, en mi capricho y contradicción,me levantaba sigilosamente para nuevamente ir al patio donde mirando al cielo, veía como los canarios  y linaseros  dibujaban círculos  en el cielo y me producía una extraña sensación, en la cual pareciera,se liberaba el alma de mi pequeño  cuerpecillo, haciéndome  volar con  ellos, que hermoso todo aquello, las nubes blancas como copos de nieve contrastaban con ese infinito cielo azul, en el horizonte divisaba  algún  que otro barco,allá,  en  la lejania, la ciudad de Las Palmas 
   Han pasado los años y todavía guardo en mi recuerdo, cuando nos  juntábamos en la esquina de la casa de juanito ¨el herrero¨, en la asomada ,barrio de la lechuza, pronunciando cánticos y fantasiosas anécdotas que escuchábamos con mucha atención, que linda  niñez aquella.

Cuando jugábamos algún partido en la explanada  con la pelota de trapo que alguna madre generosa nos hacía con medias viejas o una destartalada lata de sardinas que improvisábamos como balón,  también, corríamos tras el aro con un gancho de alambre que le íbamos a pedir a  Juanito,  que gentilmente nos regalaba con  una sonrisa, de alguna rueda vieja de bicicleta que tenía apilada detrás del tallercito que seguramente en su pensamiento las tenía guardadas  para nosotros .Recuerdo también como esperábamos al sábado  que era cuando se emitía la serie de TV  El Gran Chaparral que ilusionadísimos  íbamos mi hermana Paquita y yo a ver al único televisor en blanco y negro que había en el barrio y que mi padre lejos de comprender la magnitud de nuestra ilusión nos llamaba interrumpiendo nuestra ansiada película por que ya era tarde.
Hoy le cuento esto a mis hijos y ni que decir a mis  futuros nietos, que me  mirarían azorados, como diciendo en que idioma estoy hablando, son otros tiempos, el progreso ha avanzado, está bien todo esto, veo que los chiquillos saben de video juegos, saben usar el ordenador, antes que comenzar a hablar, me gusta ésta juventud  que serán los que tendrán la responsabilidad de conseguir  un mundo  mucho mejor  que el actual.Ya ha pasado el tiempo, los cabellos han tomado ese color blanco de las nubes como copos de nieve  y estoy recostado en la mesa de mi ordenador a miles de kilómetros,por un momento en la lejana ciudad de Lima (Peru)  dejo volar la imaginación que toma de la mano al recuerdo y se desliza en un carretón de cojinetes por la cuesta de Antoñita la ¨valerona¨. Quizás la primera maestra que tuve al llegar a vivir a San Mateo una señora con un cuerpo muy voluminoso, que apenas podía levantarse y que nos reprendía  al carecer de movilidad con una larga caña , eran tiempos de miseria ,pero también de lindos recuerdos, de aromas de rica fruta en los árboles ,de alfombras de rojas amapolas en los prados, de calurosas tardes  de verano que con una  simple sesnidera de arena como trampa para atrapar pájaros  nos pasábamos tardes y tardes enteras o ese transportar agua  en latas de aceitunas  que adaptaba antoñito el herrero ,ese hombrecito pequeño con gafas redondas  y de broma socarrona en su fragua manual para luego nosotros transportabamos en ganchos y palo de madera al hombro,ese aroma  pastelero cuando recién abría las puertas  de su furgón los vendedores ambulantes de dulces, como también recuerdo ese inigualable olor a pan recién hecho en la mini-furgoneta de Boro ¨el panadero¨………ahhhh, que linda la niñez.   

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