
Una vez, hace mucho tiempo, me disfracé de vaquero… Sombrero de ala ancha, ligeramente echado hacia atrás, camisa de cuadros pulcramente abotonada. Y anudado al cuello un pañuelo no muy grande, como el que llevaba los actores en la serie El Gran Chaparral. Nada que ver con el pañuelo más descuidado, que llevan los forajidos, sanguinarios y bravucones. Pistoleros de “gatillo fácil”, que mascan tabaco, y no se inmutan si tienen que “liquidar” a alguien. Impasibles ante la muerte, sin remordimientos. Los actores de El Gran Chaparral, de algún modo, encarnaban la honradez, la bondad… Y cuando en alguna ocasión de la serie televisiva en blanco y negro, se interpretaba el papel de un héroe… Era un héroe justo, valiente y noble.
Mi aspecto, a pesar de mi disfraz de pistolero, y de los dos revólveres de plástico, que llevaba en la cintura, era totalmente inofensivo… Transparente, sin zonas oscuras.. Quizá esa transparencia, tiene mucho que ver con la edad que tenia yo en esa época. Seis o siete años.
En esa etapa infantil, recuerdo nuestra familia vivía en el barrio de La Lechuza,mi padre me hacia el encargo de ir a recoger una burra prestada llamada “Carolina”, a lo que yo era el encargado de llevarla a eso de las cinco de la tarde, casi siempre,a su trabajo , para de ahí, cargarla con manadas de hierbas destinadas al sostenimiento alimenticio del variado ganado que ya poseía mi padre. Recuerdo que me iba con bastante antelación a buscarla,para así vestido de vaquero emular a mis idolatrados protagonistas de la serie . Eran grandes recorridos los que sorteábamos la noble “Carolina” y yo. En algunas ocasiones eran recorridos hasta el mismo pueblo de San Mateo, lo cual en mas de una ocasión , llegábamos tarde a nuestra misión,yo definitivamente absorto en mis paseos perdía la noción del tiempo. Claro esta, con el correspondiente enojo de mi padre por llegar tarde a la cita.

En la remembranza que guardo de aquella época, está el de una niña de ocho u nueve años. Era ella Juana María, hija de Doña Evarista, nuestra maestra de escuela por aquel entonces. Su semblante, era tremendamente dulce y almibarado, y sin sombras. Con una elocuente sonrisa siempre, que yo miraba y remiraba embelesado procurando que nunca me descubriera. Fue mi primer amor, platónico…Ese que se vive y se sufre en el silencio cobarde de la niñez. Y bueno, era mi dulce y adorada novia en sueños, y la primera en despertar mis inmaculadas pasiones cuando ya mis excesivamente jóvenes hormonas comenzaban a florear… En el recreo no le perdía mi mirada ni un instante, en silencio, cuando escuchaba el timbre extenuado de su celestial voz mientras jugaba con sus amigas. Era esa aterciopelada voz la que se colaba a través de mis oídos,y que de no se que manera, conformaban un recorrido pavoroso por cada milímetro de mis alborotadas e inquietas tripas que como comparsa desordenada se unían en un tumultuoso y espontaneo e imparable baile . Porque ese gusanillo las alborotaba todas. Algunos comíamos golosinas sentados en un banco de obra o apoyados en la metálica alambrada que custodiaba el patio de recreo ,otros se entretenían con inocentes juegos improvisados de la época.
Una mañana ella me regaló esa divertida e inocente sonrisa, nunca en mi vida llegue a estar tan cerca de una parada cardiorespiratoria, nunca me hallé mas cerca de las estrellas, cuando en ese preciso instante que se me acerco para preguntarme por donde andaba mi hermana Paquita.Yo sentía mis mejillas enrojecer a la vez que medio enmudecía. Con el tiempo, años después volví a coincidir en el colegio Jaime Balmes, yo ya comencé a trabajar de pinche de cocina y ella era estudiante. Para mi seguía tan bella,dulce y almibarada como en la niñez. Algunas veces mas la vi ya mas chavalito adolescente, pero habia un umbral de timidez para con ella que jamas logre superar, podía resistir el rechazo de cualquier chica, pero de ella no. Y ahi quedo ese amor, esa ilusion que con el tiempo se fue evaporando, se fue difuminando en esa estación de mi vida. A veces me pregunto a donde irán esos amores infantiles que se quedan anclados en el tiempo.
No he vuelto a ver personalmente a Juana Maria…aunque cierto es que la tengo entre mis contactos de Face y en ocasiones nos sorteamos algunas palabras. Seguramente si la volviera a ver no la reconocería, ni ella a mí. Hemos cambiado tanto. Algunos niños , pocos, con el paso del tiempo, son irreconocibles… Se transforman, desgraciadamente, en hombres desalmados, violentos, y también, como los pistoleros, impasibles ante el dolor y la muerte de los demás… Cobardes que maltratan a las mujeres, que abusan de ellas, y que pueden llegar a matarlas.
Conservo alguna fotografía grupal del colegio de esa época, veo a niños buenos… Incapaces de hacer daño a nadie. Y sonrío, porque los niños siempre son buenos… Aunque, a veces, algunos, son capaces de hacer daño a otros niños, a los más débiles, a los diferentes. Pero bueno, me quedo con la bondad de la infancia, con los sueños de la infancia, con la amistad de esa infancia… Con el rechazo a la injusticia y con la solidaridad.
Pienso en todo lo que vamos abandonando en el camino, mientras crecemos, y nos hacemos mayores… En cómo nos vamos transformando, de algún modo, en otras personas. Y como, muchas veces, nos olvidamos de ese niño que dejamos abandonado en algún recoveco de nuestro recuerdo. que come golosinas y se ríe sin saber muy bien por qué.
Nostalgia de la infancia… Sí… No sé… La culpa es de las viejas fotografías, que te llevan a ese mundo idílico… a recuerdos que el paso del tiempo se transforman en mágicos, e irrepetibles. Sonrisas, alegría, paisajes increíbles, abrazos cálidos, miradas llenas de amor, y una sensación permanente de satisfacción, de dicha. En esas fotografías, por lo general, no se recogen los problemas, la infelicidad, ni el dolor, ni el miedo, ni la maldad… Esas fotografías nunca serían la portada de un periódico, ni una pequeña noticia en un telediario… Esas fotografías, de algún modo, recogen un mundo que parece irreal, teñido de momentos que hemos vivido, claro… De los mejores momentos que hemos vivido.
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