Mi madre y las lentejas

Era una candente mañana de 1964, mi abuela Yeya pelaba papas, mientras en un radio-transistor pequeño, protegido por un grueso forro de piel color chocolate claro, sonaba música de la época,siempre lo colocaba allí mi abuela Yeya, en una mesita alta, frente la puerta de la cocina, custodiado siempre desde lo alto de la pared por un pequeño espejo,un almanaque de paisajes que rotaban de mes en mes y un cartoncito color azul turquesa a modo publicidad de un perfume, siempre me llamo la atención ese color , me agradaba .....
Mientras mi madre deambulaba entre los dos dormitorios con su ajetreo arreglando camas,con mis cuatro o cinco añitos me dejaba llevar por la curiosidad de un paisaje inhóspito de las montañas de enfrente, desde donde divisaba era un enclave perfecto, un patio lleno de variadas flores plantadas en cacharros distintos donde bien venia envasada la leche lita, conservas, sardinas y hasta creo recordar que no había uno igual al otro,pero eso si, mi abuela cuidaba con mucho esmero. Y desde allí, alzado sobre una caja de madera, mi cabeza ya superara el murito, mi mirada curiosa fisgoneaba todo lo que mi angulo de visión le permitía desde el barranco a Las Majadillas y por supuesto lo que hoy viene a ser el barrio de los giles que esta mas enfrente, por esa época,totalmente despoblado y su vez aparcelado por cultivos de tomates.Por mas edificación contaba con unas esparcidas fortificaciones tipo casetas indias con una estructura cónica formadas por agrupadas cañas pensadas para un doble uso, primero para resguardarse a la hora de comer o descansar y segundo como acopio de las mismas, ya que luego se usaría para el entramado necesario al desarrollo de los tomateros.
Ese día mi abuela Yeya preparaba un rico potaje de lentejas, el aroma aun permanece imperecedero en los vastos entresijos de mis recuerdos mas añora dos y queridos. En concreto,mi madre había acordado con mi padre el que al mediodía le llevaria el almuerzo hasta su trabajo , que por ese entonces, había sido contratado por los adinerados terratenientes de esa época, los llamados Betancores, su trabajo ubicado en lo que hoy día conocemos por cementerio del puerto y la minilla.Justo allí mi padre trabajaba como peón en la fabrica de bloques que ostentaban Los Betancores entre otras muchisimas empresas mas.No tengo muy claro quien le consiguió ese puesto de trabajo a mi padre, imagino,que mis tíos. Ya que tanto ellos, es decir mis tios Santiago,Pablo y Lorenzo eran también trabajadores de la misma empresa.Imagino que algo tuvieron que ver con esa contratación.
Para el transporte del almuerzo, mi madre poseía una especie de morralito de vinilo azul con bordes blancos,en el que una vez listo el potaje lo comenzó a empacar dividido en dos fiambreras de aluminio con cierre a presión a través de unas trabas laterales, las colocaba una arriba de la otra envueltas en dos paños para favorecer el calor y evitar que la mismo afectara el plástico del morralito, sobre las fiambreras colocaba cubiertos,gofio,varios plátanos a modo de postre y un buen tajón de queso duro que a mi padre tanto le gustaba para acompañar al potaje. Una vez todo preparado y colocado, mi madre, mujer de unos treinta y tres años,figura erguida y delgada, cintura de avispa, siempre tremendamente pilas , comenzó a ataviarme con un pantaloncito corto y una blusita, para llevarme consigo. Ella procedió también por cambiarse para coger la guagua que nos llevaría hasta la barriada de Guanarteme y desde alli caminar por todo el borde de lo que hoy día es el Hospital Doctor Negrin hasta La Minilla.
Pero volvamos hasta el paradero donde debíamos esperar la guagua pintada de color verde que nos llevaría hasta alli. Era un día cálido, mi madre siempre tremendamente guapa, con un vestido hasta las rodillas y entallado que dejaba entrever su delgada figura. En esa época Tamaraceite estaba escasamente poblada y desde el paradero del ¨tanque pico¨ , ya teníamos la posibilidad de divisar cuando la guagua salia de Tamaraceite, justamente ese día no fue muy puntual,esperamos largo tiempo.
Mi madre tenia un gran sentido del matrimonio,siempre fue muy generosa en la aportación marital, no digo que mi padre fuera menos, creo que cada uno a su manera aporto de igual modo. Mi padre era tremendamente estricto en su responsabilidad de llevar el sustento a casa, a pesar que su limitada formación, ya que no sabia ni leer ,ni escribir. Pareciera que sus padres nunca lo vieron como una necesidad imperiosa para su futuro.
Desde nuestro enclave , ya pudiamos ver a lo lejos, venir a una destartalada guagua, parte madera, parte latón, color verde y un blanco crema en los bordes del parabrisas y ventanas hasta el techo. Al parar, desprendía un olor a agua hirviendo de radiador mezclado con tufo de aceite requemada. Una vez habíamos montado, mi madre y yo nos dirigimos hasta la parte ultima de los incómodos y duros asientos de madera. Imagino que ella eligió sabiamente para que al bajar con el bolso y cargándome a mi, que era un poquin revoltoso e inquieto, de esa manera pues, tener mas facilidad a la hora de apearnos. Recuerdo nos sentamos hacia el centro del sillón largo de la punta de atrás. Ella puso el morralito en el suelo aprisionado entre sus piernas y a mi me sentó en su falda.
Al momento nos llego el cobrador. Un hombre con una prominente panza y cartera colgada de forma lateral desde su hombro llevaba una tabla con una prensa metálica en un lateral de tacos de pequeños tickets con diversos precios según el trayecto elegido .Llego hasta nuestra altura apoyo sus nalgas contra uno de sus asientos a modo de sujeción y equilibrio .Para seguidamente preguntar .- ¿Hasta donde señora?Exclamo con una ronca y decadente voz acompañada de aburrida rutina.Mi madre canceló el importe y el panzon cobrador se alejo para sentarse en un sillón lateral frente a su compañero chófer y seguir chismorreando.
Todo iba bien hasta que el tosco y bruto chófer freno de repente de forma brusca, imagino para recoger a alguien fuera de parada que le alzo la mano. Fruto de esta ruda forma de frenar,el aprisionado morralito entre las piernas de mi madre, desato un despavorido y desbocado paseo por el pasillo central de la guagua que termino chocando en la angulosa barra de cambios. En su recorrido una de las fiambreras se abrió regando por todo el pasillo las lentejas,papas y demás ingredientes que mi abuela había cocinado horas antes. Mi madre me dejo en el sillón solo y acudió a atender la protesta de un chófer muy mal encarado que le dejo un trapo viejo para que limpiara el pasillo central con la guagua en marcha. En mi surgió una mezcla de sentimientos que al dia de hoy aun no he podido definir. Al ver el mal carácter del grosero del chófer,la insolidaria actuación de los pasajeros y la compasiva estampa de mi madre de rodillas limpiando todo aquello sin que nadie le ayudara, me hizo sentirme tremendamente impotente a la vez que triste, observe sus ojos vidriosos clamando una inminente evacuación de lagrimas. Por un momento mi mirada y la de mi mama se cruzaron,fue cuando desde el pasillo donde limpiaba, que cuando en cuando, alzaba la mirada para ver si estaba bien sentadito donde me dejo. Yo creo que un alarde solidario de ayudarla fui incapaz de moverme.
Al final se resolvió el problema de la limpieza, aunque debo decir que hasta antes del accidente de la lentejas de mi madre, en la guagua, predominaba un olor nauseabundo de aceite requemada de motor, luego quedo un rico olor a guiso de mi abuela. No hay mal que por bien no venga. Así reza el dicho.......
Pero siguiendo con el relato,mi madre y yo llegamos al paradero de la barriada de Guanarteme, allí nos apeamos y comenzamos todo el trazado del camino de tierra , hasta donde se encontraba mi padre donde nos esperaba. Allí mi madre le contó todo lo acontecido. Mi padre tendió una manta negra utilizada de forma habitual para los racimos de plátanos nos sentamos en el suelo y nos repartimos las pocas viandas que quedaron. Como siempre mi padre al terminar se levantaba y dirigía su mirada hacia sus montañas de San Mateo,creo que siempre soñó con regresar a ellas, como efectivamente así hizo unos años mas tarde, pero eso pertenece a otro relato..........
Por eso, cuando ahora veo a mi madre, a sus noventa años,desvalida por su enfermedad.En ocasiones triste porque ya no puede desarrollar las actividades que hacia. La recuerdo con su figura treintañera con su sonrisa incansable. Lo valiente y luchadora que fue para mis hermanos y para mi. Ella se merece que le tengamos una paciencia infinita, tan infinita como su bondad hacia nosotros durante toda su vida........
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