Todo fue hermoso en aquel atípico jardín de mi infancia, estaba compuesto por un ejercito de castañeros en la ladera bastamente inclinada tras nuestra casa,allí, se sorteaban tallos de algunas margaritas entre las flores de mayo y que, a modo de islotes, salpicaban tímidamente la verde la hierba. Nuestro divertido vuelo en el ¨remo¨ bajo las ramas de aquellos robustos y a buen seguro centenarios castañeros ,donde mi hermana Paquita y yo nos disputabamos el turno para balancearnos .Aun me parece recordar los ladridos de nuestro noble perro ¨Toby¨,ese fiel centinela, que aunque siempre atado a una prisionera cadena y bajo la protectora sombra de una frondosa y tupida higuera, de los calurosos rayos que el sol provocaba. Nunca bajaba su guardia. Desde luego hoy lo pienso y me parece una cruel injusticia el haberlo tenido atado. La languidez malva de los lilos, ese perfume respirado, inspirado, respirado hasta evaporarse dentro y fuera, fuera, inmensamente fuera de mis pequeños pulmones. Ese mosaico de luz sombreada y esparcida entre las hojas, sobre mi rostro tendido en la hierba, esperando mi anhelado e insaciable turno de ¨remo¨ en ese columpio loco que iba, iba y venia. El remo, compuesto por dos sogas y un palo atado a la rama mas alta y que en su incansablemente mecer nos hacia perder el aliento, las minúsculas gotas de sudor resbalaban de nuestras párvulas frentes como cual rocío alboreado suspendido sobre la punta de una rama, en cualquier gélido amanecer en los tremendamente fríos y helados inviernos en mi barrio de La Lechuza. A lo lejos , pero casi a nuestros pies, por lo prominente y alto que se encontraba nuestra casa, nuestro querido pueblo de San Mateo, que con su divina incandescencia producida en parte por la espesa bruma que cachazudamente vagueaba por entre sus calles y tejados plagados de veroles florecidos de forma heterogénea y desigual, contrastando en principio, pero para inevitablemente terminar fundiéndose con el destellante e inmaculado blanco de sus casas , cuyo impacto visual, silencioso, desde lo alto, fecundaba mis adolecentes retinas con una imborrable e inolvidable bella postal que no olvidare el resto de mis días en esta vida.

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