sábado, 21 de septiembre de 2019

Las lechugas de Juan Manuel Sosa

En el camino de regreso de la escuela, se iban desgranando veniales grupos a modo de coros de a dos o tres. Mientras las compañeras féminas amigas de mi hermana conformaban esquemáticos grupos de corrillo y habladurías, los varones gritábamos y planeábamos la selección futbolera del barrio que tenia a cabo en un improvisado "estadio" que estaba compuesto por un cercado huérfano en su mayor parte de vegetación, quizás por lo abaleado de nuestro embelesado y absorto corretear tras la pelota. Como portería, contábamos con dos gruesas y enormes piedras  que delimitaban el territorio del arquero, allí en la caldereta cerca del pozo del Ebro, bajo los nogales.
A medida que íbamos avanzando por aquella carretera de tierra, tan solo endurecida por las huellas de los neumáticos de algunos coches o furgones que por allí transitaban. El grupo se iba reduciendo a medida que avanzaba . Al llegar a el arenal, a la altura de la casa de Pinito la costurera, que confluía con la subida al lomo,ya la dispersión  era considerable.Mientras  mi hermana se despedía de sus amigas mas allegadas  en su corrillo como Lorenza, Mari Pino, Maruca etc. Yo hacia lo propio con mis frecuentes .Y justo era en ese punto donde nos descabalgábamos del grupo para desviarnos hacia el callejón de Pinito ¨La costurera¨, ya que al fondo se encontraba la Herrería de Maestro Antonio ¨El Herrero¨,en donde mi hermana y yo debíamos retirar un ¨encargo¨.
Aquel día al mediodía, mi padre nos había encomendado una misión a través de su ¨subalterna¨ para temas relacionados a nosotros ,que no era otra que mi madre – el pocas veces nos ordenaba, se lo transmitía a mi madre y ella se encargaba de se ejecutara toda la voluntad de mi padre al pie de la letra con aquella amenazante y típica frase que siempre insertaba como conclusión a la orden,¨No se olviden ,mira que tu padre se saca el cinto¨. Dicha encomienda era recoger dos hoces para cegar hierba que días anteriores las había llevado yo, envueltas en un papel de periódico viejo a la herrería de Maestro Antonio para picarlas, que era el nombre que se le solía dar al proceso encargado de sacarles filo .
Antoñito ¨El herrero¨ era un hombre mas bien bajito, su estatura era de un metro cincuenta, mas o menos, sombrero negro, siempre alzado hacia la coronilla de su cabeza tal vez para comodidad de sus labores, unas redondas gafas negras de considerable aumento, muy bromista y risueño , siempre portaba un inacabado puro habano en el lateral derecho de sus labios, apagado casi siempre, pero que cuando te iba a explicar algo lo encendía como si de ese modo le ayudase a reflexionar sobre explicación que te iba a dar,era extremadamente habilidoso y manejaba la soldadura como nadie, de su fragua salían hermosos rociadores de agua que construía a partir de latas en donde venían envasadas las aceitunas, fabricaba cuchillos, guadañas ,picos, asadas, herraduras y todo lo que se le encargara. Siempre tenia una broma para con nosotros a modo de saludo, era afable ,tranquilo y muy cariñoso, era de esa clase de personas que comenzabas a conversar con el y a los cinco minutos tenias la sensación de que lo conocías de toda la vida.
Esa estrambótica tarde, mi hermana Paquita y yo pasamos a recoger el encargo de nuestro padre, la alternativa , osea olvidarnos, era sumamente desagradable, los frecuentes moretones en nuestras piernas eran buena prueba de ello. Osea que mejor no tentar a la suerte. Eran dos hoces envueltas en el mismo papel de periódico que la habíamos llevado, era tal el filo logrado que traspasaba las tres capas de hojas del papel de periódico. En ese tiempo existía el fiado, osea nosotros retirábamos la mercancía o encargo y mi padre pasaba luego a abonarle la cantidad. Emprendimos Paquita y yo el camino de regreso a casa, solo que en vez de seguir por toda la carretera, que iba por la tienda de ¨Marcelinita¨, casa de los Pinos y Asomada, optamos por cortar camino a través de los cercados del catalán, nos lo tomábamos muy juguetonamente.
Recuerdo era una lánguida tarde , el aspecto del cielo ofrecía una inconforme presencia de nubes de color grisaseo y otras de tonalidades mas oscuras,que asomaban tímidamente desde lo alto de la montaña Cobezo y el Lomo los ingleses camino a el cumbrero barrio de Camaretas, en el camino de los cercados se respiraba un exceso de húmeda brisa entremezclada con esa sensación a tierra mojada, la silvestre hierba del angosto camino de los cercados invadían a la vez que custodiaban la orilla , los pequeños cuerpecillos de mi hermana y míos, por momentos correteaban tanto como danzábamos alegremente a la vez que llegamos a una cosecha de hermosas lechugas. Era el cercado de Juan Manuel e Isabelita, las lechugas como si de un ejercito bien adiestrado se tratara erguidas y firmes en filas casi perfectas. No se que me paso por la cabeza.
Tal vez emulaba a algún indio cimarrón de las fantásticas películas que veíamos en televisión. Por aquel entonces de los pocos vecinos que la poseían , en blanco y negro y un solo canal de TVE. Lo cierto es que saque mi hoz recién afilada y le declare la guerra a la fila de lechugas que lindaban con el camino. No se si mi hermana se solidarizo en mi encarnizada batalla contra las lechugas de Juan Manuel, en mi pasión guerrera de esta ¨escabechina¨ de poco me daba cuenta a mi alrededor hasta que no termine con mi ultimo ¨soldado-lechuga¨ al final del camino,mi hermana, que hasta entonces reía y reía de repente se puso seria con gesto de desaprobación, pero lo cierto es que después de darnos cuenta de la tremenda carnicería de lechugas, tratamos de limpiar el arma del delito con las mismas hojas de envoltorio de periódico. Regresamos a casa, colocamos las armas del delito en el alpendre. Asustados nos pusimos a merendar, pan ,conserva y leche de cabra con cola cao. Nada dijimos a mi madre, albergando la esperanza, tal vez, que no se supiera,o tal vez ni se den cuenta pensé, o quizás mejor, nadie nos vio. Pero las cosas se tornaron diferente, ya que a las dos tres horas, comprobamos que nuestros temores tenían su razón de ser. Alguien desde la destartalada puerta de la calle, exclamaba alterado: -Eulogito, Eulogito.....-
Era Juan Manuel, el dueño del cercado de las lechugas, salió mi madre, que le dijo; - Buenas Juan Manuel, pase , pase... a lo que el respondió: .- No gracias, ¿Su marido se encuentra?.- Si debe estar ordeñando en las alpendres.- Le contesto mi madre .-Entro como alma que lleva el diablo pero lo cierto es que el señor poco tardo en volver a salir, y al pasar por mi lado me sorteo una mirada muy poco amigable. Al rato mi padre llamo a mi hermana Paquita que viniera a buscar la leche ordeñada. Los llantos despavoridos y quejidos de mi hermana que se justificaba,con un "yo no fui,yo no fui, fue Nino ".Pero la “cintiada” magna que estaba acaeciendo me hacían presagiar que mi castigo iba a ser inminente y hasta mucho peor por ser el ejecutor de tal fechoría,como efectivamente así fue. Estuve mas de tres días con moretones de centímetro y medio en mis piernas


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